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El Super Bowl de los valles y las colinas

Ahora que Japón está tan de moda como destino turístico, me permito redimirme como prescriptor viajero con el siguiente tip: desde San José, California, ciudad hermana de Santa Clara, la sede del Super Bowl LX, es posible aterrizar en el aeropuerto de Narita, en la periferia de Tokio, desde 300 dólares en temporada baja.

Todo esto gracias a una aerolínea japonesa de bajo costo que diseñó la ruta consciente de que, además del Super Bowl, el único motivo que exige una expedición a una antigua zona misionera conformada por valles urbanizados y colinas ondulantes es su condición de hub tecnológico e incubadora de talento creativo.

Silicon Valley, que hasta hace no mucho solo incluía el perímetro de Redwood City hasta San José, hoy, luego del enésimo período de bonanza económica que ha experimentado la zona, se ha expandido hasta San Mateo, el lugar de nacimiento de Tom Brady, y San Francisco, la ciudad a la que representan los 49ers en la NFL.

De modo que es posible que una sola sede puedan confluir las leyendas de los poetas beatniks, cuyo germen fue aquella caótica estancia de Jack Kerouac en la casa de Neal Cassady —el Dean Moriarty de En el camino—, y el mito fundacional de los grandes oligarcas tecnológicos de nuestro tiempo: Steve Jobs (Apple), Bill Gates (Microsoft), Mark Zuckerberg (Facebook), Larry Page (Google), Jeff Bezos (Amazon) y Elon Musk (SpaceX).

Workers get Levi's Stadium ready for Super Bowl LX between the Seattle Seahawks and the New England Patriots in Santa Clara, Calif., Saturday, Jan. 31, 2026. (AP Photo/Godofredo A. Vásquez)

Yo, en su momento, cometí el error de utilizar a San José como escala a Tokio en temporada baja de futbol americano, por lo que me limité a contemplar el contorno del Levi's Stadium como quien acude a su propio funeral, para después terminar en una librería de segunda mano regentada por un gato persa.

Desconsolado, pensé en tomar un auto de alquiler y manejar 65 kilómetros hasta Oakland, la vecina paria de San Francisco, para ver un juego de los Atléticos, el equipo al que le juré devoción y fidelidad durante mi infancia. El problema fue que hubo una circunstancia de carácter moral que me obligó a desistir: la inminente reubicación de la franquicia en Las Vegas, ciudad indefectiblemente artificial.

Esta semana, con toda la prensa internacional merodeando los valles y las colinas en busca de historias lo suficientemente instagrameables, me parecía necesario recuperar parte de la memoria sentimental de una zona que se balancea permanentemente entre el cúmulo de contradicciones que han forjado su identidad.